A veces, las carencias estimulan el interés y configuran una curiosidad que se acrecienta y reafirma con el paso del tiempo.
En mi infancia, en la casa familiar, no había libros, pero había cocina grande y “cadieras” rodeando el “fogaril” . Allí sentados, mientras participábamos de algunas faenas colectivas, escuchábamos con interés las conversaciones de los mayores, en las que se intercalaban cuentos, refranes, dichos, chascarrillos, canciones… y todo ese caudal de oralidad alimentaba nuestra fantasía y nos daba algunas pistas de cómo se organizaba la vida.
Aunque si soy exacto con el recuerdo, debo decir que en mi casa había cuatro libros: una edición ilustrada del Quijote, una gramática española, un diccionario de la lengua con ilustraciones y un libro de corte y confección. Recuerdo mirar con curiosidad estos dos últimos.
Siendo evidente que esos cuatro ejemplares no eran excesivamente apropiados para leer a edades tempranas, en la escuela encontré los primeros, en blanco y negro, y uno de los primeros recuerdos emotivos de la lectura: ayudar a otros compañeros que no leían bien a hacerlo, por sugerencia de mi maestro. El color llegó con los álbumes de cromos, de la mano del dulce sabor del chocolate: “Visión de Asia” o “Panorámica de América Latina”
(de chocolates Torras), “Héroes legendarios” (de chocolates Hueso)… En todos ellos, aunque no completases el álbum, cosa que pasaba con frecuencia, podías leer el texto descriptivo que estaba impreso en el rectángulo destinado a cada cromo; circunstancia que convertía al citado álbum en un pequeño libro de lectura. También leía los ejemplares del TBO, en franca disputa con mis hermanos para ver quién era el primero en cogerlo cada vez que lo compraba mi madre; y los días de “cama”, por extrañas enfermedades del crecimiento, me metía entre pecho y espalda unos cuantos ejemplares de “Hazañas Bélicas”… Como se ve, lecturas bien poco ejemplares para llegar a nada en la vida, como diría un purista.
Esa carencia inicial hizo que una de las cosas que más deseara era que me regalaran libros o podérmelos comprar de vez en cuando. Guardo todavía ejemplares de la desaparecida Editorial Bruguera, con adaptaciones de clásicos: Julio Verne, Herman Melville, Mark Twain, Charles Dickens… con una página de texto y otra ilustrada. También guardo ejemplares de las primeras compras de libros por correspondencia que me permitieron mis padres (quienes siempre sintieron curiosidad y respeto porque el hijo mayor tuviera inclinaciones lectoras). Eran libros de la colección, “Biblioteca Clásica Ebro”, de la zaragozana Editorial Ebro: “Poesía épica de la Edad de Oro”, “Cantares de gesta”, “Poesía” de Rubén Darío…
En los primeros años de instituto llegaron ejemplares de la colección “Austral” de Espasa-Calpe, los “blancos” de Bruguera y los de la colección “Rotativa” de tapa dura que editaba Plaza & Janés en los setenta: “Vuelo nocturno”, “El mono desnudo”, “El desafío americano”, “Rubaiyat”, “Un mundo feliz”… Algunos de ellos, comprados y nunca leídos porque otras urgencias vitales desviaban la atención…
En todo aquel tiempo de formación y crecimiento (¿o era al revés?) mi relación con la vida rural y la naturaleza fue muy frecuente y profunda, pues en los periodos vacacionales participaba en el cultivo de la tierra y en el cuidado de los animales y aprendí otros códigos y practiqué la lectura en otros soportes. En definitiva, me di cuenta que también podían leerse: el valor del esfuerzo, las arrugas de un rostro, las manos encallecidas, la constancia en el trabajo, la observación de las aves, la textura de la tierra, el olor del pan recién hecho, el color de los amaneceres y de los atardeceres, la alegría de la cosecha, la tristeza de la escasez… Cultivando, por tanto, otras sensibilidades que moldean y de qué manera nuestra capacidad de percepción, nuestro compromiso con la vida y con las personas, nuestras emociones; y que dejan un poso interior sobre el que es fácil que broten afanes culturales u otras cosas memorables, a lo largo de la vida.
Recuerdo también mi temprana relación con la prensa (relación que no solo no he abandonado, sino que se ha acrecentado, no en vano sigo militando en el PPD: Pan y Prensa Diaria). Leía el periódico, que llegaba con un día de retraso, cuando pasaba temporadas con la familia de mi madre en Escanilla y recortaba algunas noticias, fotos, etc. para mi archivo personal de los diarios viejos (esta práctica tampoco la he abandonado). Desde hace muchos años, compro diariamente el periódico y leo una parte de él, con una militancia algo irracional.
Y como, con unos cuantos libros, se puede iniciar la formación de una biblioteca, a eso me he dedicado. Mientras cuido, cultivo y aumento mi biblioteca personal o familiar, desde 1979 procuro mantener viva la Biblioteca Municipal de Labuerda, un pequeño y auténtico self-service de los libros, en la que cada lector o lectora toma el que desea, anota sus datos en la ficha de registro y se lo lleva tranquilamente a su casa para leerlo en soledad. Me ocupo de hacer las compras de novedades, de registrar los libros y dotarles de una ficha de préstamo. Soy, en ese caso, una rara especie: bibliotecario voluntario y a distancia.
Y en el colegio donde trabajo, he ido poniendo todo mi empeño en fundar, junto con otras personas, una biblioteca escolar que ya tiene más de veinte años. Ahí hago de bibliotecario escolar voluntario y procuro que todos los pasos que vamos dando, todas las estrategias que ponemos en marcha, los grandes o pequeños avances que experimentamos se divulguen y sean conocidos. La lectura suele llevar a la escritura (y viceversa, muy probablemente) y, en mi caso, eso son dos firmes compromisos, tanto en el plano personal, como en el de animar a los chicos y chicas a practicarlas.
Por todo ello, los libros, para mí, hace años que son compañeros en el viaje de la vida, compañeros respetuosos que aguantan caricias o indiferencia temporal, pero que siempre están a nuestra disposición y se ofrecen para arrancarnos una sonrisa, llenarnos de tristeza, darnos consuelo, remover nuestro interior, estimular nuestra imaginación, acercarnos y conocer otras realidades, compartir el sufrimiento, aumentar nuestros conocimientos,… Son, en definitiva, materiales sensibles que contribuyen, junto con la amistad, las relaciones, las artes en general, el paso del tiempo y el discurrir de la vida,… a moldear nuestras estructuras interiores mientras vamos avanzando por los intrincados caminos de la existencia.
(Artículo publicado en la revista "Biblioteca" de la Red de Bibliotecas Municipales de Salamanca, nº 51 de diciembre de 2009. Artículo escrito a petición de Isabel Sánchez)









