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En recuerdo de mi padre. La travesía de la vida

Sábado 22 de mayo de 2010, por Mariano Coronas Cabrero

El verano de 2008 fue un verano especial. Fue el tiempo de una larga y dolorosa despedida. La vida de mi padre había entrado en un estado comprometido y se apagaba poco a poco. Publiqué dos entradas en el blog, los días 8 y 21 de agosto de aquel año, reflejando unos sentimientos, unas reflexiones y unas vivencias irrepetibles. He querido recuperar aquellos textos (que siguen, como es lógico, en el blog) para que se reinstalen en esta sección de “Latidos interiores”; esta vez, los dos juntos en un mismo documento, ilustrado con algunas fotografías.

LA TRAVESÍA DE LA VIDA (I)

8 de agosto de 2008. No sé si sabré escribir el texto que quiero… El caso es que la vida, como de todos es sabido, siempre acaba mal, porque al final, se nos escapa brusca e inesperadamente o se va diluyendo lentamente hasta agotar todas las reservas vitales. Desde que nacemos estamos abocados a desaparecer un día de este hermoso y maltratado planeta; al menos de esa parte viva que te permite pasear, mirar las estrellas, comunicarte con los amigos, escribir cartas, hablar por teléfono, ducharte por la mañana, tomarte un vaso de vino, leer un libro, fundirte en un abrazo, comerte un bocata de jamón o picar en un plato de berberechos…Imagino que algo de nosotros sigue vivo en el recuerdo de quienes nos conocieron y apreciaron, pero, claro, eso ya es otra cosa.

Mi padre, Mariano Coronas Mur, cumplió el pasado 25 de abril, 90 años, que ya son palabras mayores. Hasta los 88 fue capaz de mantener una actividad reservada a muy pocos; gente de la cosecha del 18 (justo los que tenían 18 años cuando empezó, un 18 de julio, una sangrienta guerra civil); me refiero a una actividad física impropia de esas edades, como es cultivar un par de huertos grandes no se vaya usted a creer, y tenerlos como jardines, utilizando profusamente como tecnología punta, la “jada” y el “bigós”.

De un tiempo a esta parte, su salud se ha resquebrajado y progresivamente ve mermadas sus facultades; algo, por otra parte, razonable cuando se llega a estas edades. La enfermedad de mi padre, al margen de algunos desarreglos concretos e identificados, es la vejez y contra eso, hay poco que hacer (aunque la ciencia está empeñada en prolongarla), salvo hacer compañía y atender a las personas del entorno familiar que han tenido la suerte de vivir hasta esas edades, con una entereza y una fuerza poco comunes. En resumidas cuentas, estas vacaciones y como consecuencia de ello, están teniendo un sesgo especial, diferente, inesperado (porque el bajón más notable se ha producido en este tiempo). Sentado, a su lado, una vez se le ha levantado de la cama, comparto silencios y conversaciones y voy observando con curiosidad y también con un punto de pena, su evolución. Su estado de ánimo es diferente cada día y lo mismo puede estar animado, despierto y hablador, como con gesto contrariado, adormilado y poco colaborador con las atenciones que hay que prodigarle: ayudarle a comer, darle de beber, llevarlo al lavabo, etc. Con la práctica se aprende y cosas que nunca habías pensado que harías, al cabo de tres o cuatro días, las incorporas ya a lo cotidiano y se hacen con toda normalidad.

Uno de los momentos que más cuesta aceptar es el proceso de olvido de la identidad personal que ha sufrido. El día que me preguntó: “Y tú, ¿de qué familia eres?”, yo traté de explicarle: “¡Papá!, yo soy de tu familia, porque tú eres mi padre y, por tanto, yo soy tu hijo”. Él recibió mi explicación y no dijo nada, sin dejar de mirarme durante unos segundos. Intermitentemente acierta cuando le preguntas cómo se llama o cómo se llaman algunos de los miembros de su familia: hijos e hijas, nietos y nietas, su esposa… Sonríe o ríe abiertamente cuando alguien llega y lo saluda, contestando su habitual “¡bien!, ¿y tú?” y hay momentos en los que se muestra muy afectivo, sobre todo con mi madre, y necesitado de que le den un beso o se sienta cogido de la mano. A pesar de las conversaciones que tenemos, que tiene, con el resto de la familia, lo que más lamentas es que, probablemente, ya nunca podrás decirle aquello que no le dijiste, porque hay algo roto en el interior que le impide procesarlo debidamente (bueno, al menos eso es lo que pienso yo, que soy lego en la materia).

Muestra todavía memoria, aunque disminuyendo progresivamente, para rememorar acontecimientos de su vida pasada y a lo largo de estos días, me ha contado muchas cosas. Hace un par de días recordaba a su amigo Manolo B. con el que habían hecho muchas “pescatas” nocturnas con artes ilegales (sobre todo con “tresmallo”): “éramos como hermanos”, decía “… y me salvó la vida”. Durante la guerra civil, una noche en una cuneta de una carretera, mi padre recibió un disparo en la cabeza. La bala le entró por detrás y salió por el pómulo izquierdo; cayó inconsciente y le produjo una hemorragia que, de no estar allí su amigo Manolo para buscar ayuda, se hubiera desangrado. Con los ojos cerrados, repetía parte de la historia y mostraba una gratitud infinita hacia el amigo desaparecido hace muchos años. Nos había contado ese suceso, uno más de los que atesora su “currículo” de hombre aparentemente frágil –no fue ni alto ni grueso, ni fuerte- pero difícil de derribar; como un roble de buenas raíces contra el que no pueden ni las lluvias ni el vendaval.

A ratos, le salen ramalazos humorísticos y recuerda algunas coplas: “Cásate y tendrás mujer / y vivirás lindamente / y llegarás a coronel / sin haber sido teniente”. Yo, entonces, le pregunté si recordaba una copla que él me había contado hace ya unos años (y que, como la anterior, está recogida en algún número de El Gurrión), copla que cantaba Miguel de Manolico, uno de esos personajes que hubo en los pueblos y que se recuerdan por su sentido del humor, por sus “salidas”. Decía Miguel: “Si quieres saber quién soy / y de qué familia vengo/ levántame la camisa / y verás qué cola tengo”. Curiosamente, nada más terminar, se echó a reír mientras asentía y recordaba una copla que había pasado la criba del tiempo y, en su caso, la del olvido aleatorio. En otro momento, recuerda otra que nunca me había contado: “Por una miajica de aire / que se me escapó del cuerpo / me llevaron a la cárcel / y luego me llamaron puerco” y que nos permite compartir unas risas.

En ocasiones, rompe a llorar como un crío, cuando algún recuerdo emotivo pasa por su mente o cuando está hablando y cae en cuenta de algo, reconoce momentáneamente a alguien; llora en silencio unos segundos, roto por dentro seguramente y eso también produce que quienes estamos alrededor en ese momento lo cojamos del hombro o de la mano y guardemos un respetuoso silencio o tratemos de consolarlo. Se sorprende de dónde está y lo hace de manera muy expresiva: “Oye, no había estau nunca aquí. ¡Joder qué maderos! Estos, los sacarían de as Coronillas o d´as Planas…”, aventura, mirando los maderos del techo del comedor de su casa (que hace ya tiempo que no reconoce). En otro momento, se expresa así: “Me dejan embobau esos que se ponen a hablar tres horas y no paran, ¿no es una cosa grande tener ese don…?” Y le explicas que según cómo se mire, que también puede resultar insoportable aguantar tanta verborrea…

Mi padre habla de casas del pueblo, de fiestas, de pueblos, de personas, de faenas agrícolas que cree que tiene que hacer o que cree que acaba de hacer: “He estau regando una almendrera que estaba seca del todo. Ahora mismo he terminau”. Cada vez que lo saluda su nieto Daniel, le dice lo mismo: “Paece qu´as medrau…” Con frecuencia, cuando quiere decirte una cosa, empieza la frase en un tono de voz, éste va decreciendo hasta que se queda en silencio; cierra los ojos y pone los labios como si fuera a emitir un silbido y aquella frase ya nunca más tendrá continuación. Intercala algunas sentencias curiosas: “El cuento español: ya l´arreglaremos, ya… y no arreglamos nada”. “Cenaremos cebada con piedras”. “”No´n saldremos!”. “Hay que morir y n´a mas!” “Las madres tienen más amor que los padres”. “Yo cuando estoy con amigos, disfruto”, y le pregunto, “¿y yo soy tu amigo?” Y me contesta: “Tú eres más que un amigo, porque hace mucho tiempo que nos conocemos…” A veces los diálogos son propiamente kafkianos o surrealistas… La lista de momentos sería interminable. Yo sigo tomando algunas notas de este tiempo fragmentado que está viviendo en el que los recuerdos parciales, los movimientos de las manos simulando que come, que bebe, que coge, que deja… alimentos u objetos imaginarios, las miradas perdidas; los breves monólogos… ponen, probablemente, las últimas pinceladas a una larga travesía de vida.

Dice, entre otras muchísimas cosas: “Hace días que no he probado el pan…” O “lo menos hace diez años que no he estau en os Tozales. ¡Miá lo que te digo!” (en Los Tozales –una partida de monte de su propiedad- pasó muchos días de varios otoños limpiando el bosque y sembrando bellotas de carrasca, al estilo del protagonista de la novelita de Jean Giono “El hombre que plantaba árboles”) y, por último, para no alargarme más, hay una expresión sorprendente de verdad: “Me preocupa llevar tantos días sin trabajar”. Esto, dicho por un hombre de 90 años, en un país donde hay tanto geta que se escaquea y que lo único que quiere es vivir sin trabajar, no deja de ser significativo y revelador de los fundamentos internos atesorados por algunas personas de generaciones anteriores. Y estas son algunas pinceladas de este acompañamiento veraniego en la parte final de la travesía de la vida de mi padre.

LA TRAVESÍA DE LA VIDA (y II)

20 de agosto de 2008. Mi padre ha dejado escapar el último aliento. Amanecía cuando su respiración se iba apagando. Llegaba un nuevo día, pero para él, irremediablemente se ha hecho de noche. El azar, que organiza las cosas de una manera curiosa y sorprendente, ha cogido algunos números y los ha dejado entrelazados para siempre: mi padre nació en el año 18 y cumplió en abril 90 años. Mi hijo Daniel, nació en el año 90 y hoy ha cumplido 18 años (se ha hecho mayor de edad el día que su abuelo paterno fallecía). Curiosas coincidencias, sin duda.

Despedir para siempre a tu padre no es un asunto fácil: uno piensa en las palabras que quedaron por decir o en algunas que se dijeron de más, pero sobre todo piensa que nunca más podrá escuchar su voz, ni contemplar su caminar ligero ni verle sudar con una azada en las manos o charlar en un corro un día de fiesta, tampoco mirarle a los ojos, verlo “mudado” con esmero y pulcritud, oírle responder con su clásico “¿bien y tú?” a cualquier saludo, escuchar su silbido característico para convocarnos a casa cuando éramos críos… Piensas en las enseñanzas directas e indirectas recibidas (imposibles de enumerar), en los madrugones para ir al monte a buscar leña o a hacer “forquetas”; en las frías mañanas de final de otoño cuando había que recoger las olivas; en las días amarillos de septiembre vendimiando o vareando almendreras; en las huertas-jardín que cultivó con una entrega y un tesón difíciles de explicar, en su decidido deseo de que sus hijos estudiáramos para mejorar nuestro futuro en un tiempo en que tal actitud era infrecuente (y en el enorme precio en esfuerzo y trabajo que tuvo que pagar en compañía de mi madre para mantener esa apuesta)…

Una de las ideas que expresó con frecuencia y que más le rondaban la cabeza, era la de que la familia debía estar unida y que había que intentar superar los pequeños problemas cotidianos. Nunca vivimos discusiones importantes en casa, entre nuestros padres (y no sería porque no hubiera que pasar estrecheces y solventar problemas): esa fue una profunda lección de convivencia. Ese objetivo de unidad familiar lo hemos mantenido sus hijos e hijas y va por muy buen camino, viendo las relaciones de sus nueve nietos y nietas, de los que se sentía tremendamente orgulloso (y aún podría haberlos disfrutado más, si se hubiera despreocupado algo más del trabajo que le ocupó mucho tiempo, incluso a edades en las que buena parte de hombres y mujeres se entregan al placer de ver pasar la vida o recibirla sentados al borde de un camino, en un carasol, en un banco de parque o en un “pedriño” callejero).

Mi padre (y también mi madre) leía todos los días el periódico. Llevan muchos años suscritos al Heraldo de Aragón y estaban al corriente de lo que pasaba en el mundo. En los últimos tiempos estaba algo más pesimista con el futuro del mundo, leyendo las noticias que leía en la prensa o que escuchaba en la televisión. Para alguien que había vivido la Guerra Civil con toda su infinita crudeza, veía las deportaciones, los éxodos, los efectos directos y devastadores de las guerras con enorme preocupación y con gesto serio, al recordar episodios similares vividos en carne propia…

21 de agosto de 2008. Hemos enterrado a mi padre. Ha salido de su casa por última vez, acompañado de toda la familia, de los vecinos del pueblo y de muchas personas venidas de otros lugares de la comarca. Ha sido un día emotivo, como no podía ser de otra manera y muy de agradecer la compañía de la gente que se ha desplazado hasta Labuerda para estar con nosotros, sus familiares más directos. Mi padre no quería coronas de flores en su entierro; nos lo recordó con frecuencia (yo, bromeando, le decía que me parecía un deseo razonable en una persona que se apellidaba “Coronas”). Tenemos un sentimiento de tranquilidad por haberle podido cuidar en casa y acompañarle en sus últimos días y eso mitiga en gran medida el dolor que se siente al perderlo definitivamente. Sus mensajes flotan en el aire, sus consejos, sus palabras están esculpidas en el interior de cada uno de nosotros y todos podemos recordar algo que nos dijo o que le escuchamos decir, una sonrisa o un enfado, una orden o una explicación de por qué había que hacer esto o aquello…

Hoy, al finalizar el oficio religioso, sus nietas Patricia y Ana han leído en la iglesia unas líneas que escribí anoche, pensando en él:

Nuestro abuelo Mariano tenía una apariencia menuda, un andar ligero y un porte poco exuberante, pero disponía de una savia inmejorable. Esa savia interior tenía unas características muy especiales: fortaleza, determinación, lealtad, honestidad y dignidad. Con estos sólidos conceptos es fácil construir una persona admirable, de la que nos sentimos orgullosas herederas.

Un día ya lejano, cuando éramos pequeñas, nos enteramos de que el abuelo Mariano sembraba árboles: nogales, carrascas, robles… crecían a partir de las semillas que él iba enterrando en el monte. Pasó algunos otoños acudiendo casi diariamente a realizar ese trabajo que a él le parecía noble y necesario.

Cuando alguien planta un árbol es porque cree en el futuro, es porque piensa que serán sus hijos o sus nietos quienes recogerán los frutos o podrán sentarse a descansar bajo su sombra.

Su ejemplo de persona leal, cultivadora de la amistad, respetuosa, responsable con el trabajo bien hecho, poco dado a presumir y muy dado a trabajar en silencio son valores que nos ha transmitido a través de esa ramificación familiar que, como un árbol casi centenario, nos cobija, nos orienta y nos ofrece los frutos nacidos y recogidos a lo largo de toda una vida. Nuestra abuela María Teresa, con quien compartió 55 años de vida, seguirá velando para mantener vigente esa herencia.

A nuestro abuelo Mariano no sólo lo vamos a echar de menos, lo vamos a echar siempre de más, porque va a seguir viviendo en nuestro emocionado recuerdo.

Nunca olvidaremos que:

Cada arruga de sus manos / era fértil surco, cosecha; / las de la frente eran fuentes, / manantiales de experiencia.”

Y para finalizar este post, recuerdo su agradecimiento por unas coplas que le dediqué en 1995, publicadas en el número 62 de la revista EL GURRIÓN y que pondrían punto final, al menos de momento, a LA TRAVESÍA DE LA VIDA de mi padre. Están escritas en aragonés.

Tiens as mans encallecidas / de treballar sin aliento, /de sofrir calor y fríos / en verano y en l´ibierno.

De chicote me dezibas / que a tierra eba que amar, / cudiala con muito mimo / y sabe-la treballar.

Un diya bide o sudor / que te manaba d´a frente; /siñal de que os labradors / treballan bien de valiente.

Crezeba y me feba gran / beyendo os tuyos esfuerzos / con as vacas, con as yerbas / con as tierras y os torruecos.

En os ibiernos charrabas / -rodiando o fogaril- /historias d´aquella guerra / y o que t´os tocó sofrir.

Tiens a mans bien arrugadas / y a mirada pensativa / de dignidá y rispeto / ye exemplo a tuya vida.

Portafolio

Mariano Coronas Mur. 24 de diciembre de 2005 En la huerta Mi madre y mi padre en la presentación del libro sobre vocabulario aragonés (...) Semilleros que cultivaba cada año Matazía. Enero de 1976 El día que celebraron sus bodas de oro. 20 de marzo de 2004 Bodas de oro. Partiendo la tarta final. 20 de marzo de 2004 Mariano Coronas Mur y Mª Teresa Cabrero Pardina, con sus cuatro hijos e (...) Comida familiar el día de Reyes. 6 de enero de 2007 En la puerta de casa, tras escuchar a la Ronda, justo un año antes de morir. (...) Con cinco de los nueve nietos y nietas. 24 de diciembre de 2005 Mis suegros y mis padres, el 7 de octubre de 2001 en Fraga: minutos antes (...) Picando en el campo de casa, con los 88 cumplidos 1976: en la matacía, sucarrando con aliagas

Comentarios

  • En recuerdo de mi padre. La travesía de la vida
    17 de junio de 2010 09:11 / por ana coronas

    me encanta leer éste artículo y tengo que decir que cada vez que lo vuelvo a leer me emociono igual. No se como fuimos capaces de leer el texto completo sin interrupciones… Las fotos son muy bonitas. Muchas gracias!!!! besos

  • En recuerdo de mi padre. La travesía de la vida
    17 de junio de 2010 18:53 / por Mariano Coronas Cabrero

    Lo bueno de lo que se escribe es esa posibilidad de leerlo y releerlo cuantas veces apetezca. En esta cadiera personal no podían faltar esas palabras y esos recuerdos. Me alegra saber que para tí está lleno de significado y que consigue emocionarte.

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