Cuando se acabe este curso, el maestro Sebastián Gertrúdix pondrá fin (o punto y aparte, en algún sentido) a su trayectoria docente, tras varias décadas de trabajo innovador y comprometido. Hace muchos años, cuando vio que las prácticas escolares tradicionales no eran suficientemente satisfactorias (ni para los chicos ni para él), se cobijó bajo la sombra innovadora de Celestin Freinet y modificó sustancialmente su práctica pedagógica. Nos conocimos cuando él trabajaba en la escuela de Torrente de Cinca, poco después de llegar yo a Fraga, y desde entonces hemos mantenido estrecho contacto y profunda amistad. Poco tiempo después de conocernos, se trasladó hasta Torres de Segre, donde ha permanecido hasta hoy.

Compartimos muchas reuniones, ideas y proyectos dentro del Movimiento de Renovación Pedagógica AULA LIBRE, durante más de veinte años. Junto con otros compañeros y compañeras mantuvimos viva la revista homónima, hasta más arriba de los 80 números, creamos las líneas de publicaciones: “Cuadernos” y Creativa” y escribimos dos libros colectivos. Sebastián fue un tiempo miembro del Grup de Mestres de Lleida y desde hace unos años está íntimamente relacionado con el MCEP (Movimiento Cooperativo de Escuela Popular), participando (y en algún caso, organizando) en sus congresos anuales. En su página web (http://sebastiangertrudix.wordpress.com/), además de en las anteriores referencias bibliográficas y de las aportaciones vertidas en diversas publicaciones colectivas y revistas pedagógicas, se pueden encontrar las claves de su concepción y trabajo pedagógico.
El pasado 23 de junio nos juntamos unos cuantos amigos y amigas para despedirlo de la docencia, haciéndolo de la mejor manera posible; aquella que nos ha permitido fraguar entre todos y todas una relación cimentada con el paso de los años: con el humor como ingrediente sustancial. Comimos, hablamos, recordamos y nos reímos. Sebastián recibió una foto enmarcada con un poema modificado, con base de Benedetti; un álbum de fotos (un “hoffman”, como dicen ahora) que se titulaba “A este lado de la frontera… Recuerdos) en el que se recogían instantáneas de reuniones, viajes, intercambios, jornadas… y la imposición de una boina, como signo distinguido del paso de ciudadano activo a ciudadano jubiloso. Y antes de la entrega de tan alta distinción, tuvo que escuchar estas palabras que había escrito y leí para él y que reproduzco, a continuación, sin su permiso:
************************************
Querido Sebastián:
Ahora que estás muy cerca de una de esas metas que, por un lado se desea que llegue y, por otro, se quiere retrasar; viendo tu semblante e imaginando el “júbilo” que te embarga, permítenos dedicar unos minutos a la reflexión. Porque, tanto tú, como la mayoría de los que te acompañamos venimos de un tiempo sensiblemente diferente al que vivimos hoy; una infancia bien distinta de la que hemos visto desarrollarse –día a día- en nuestro alumnado; especialmente en los últimos años…
¿Os acordáis de cuando teníamos que esperar dos horas de lenta digestión hasta poder bañarnos en el barranco o en el río? ¿Y de aquellas mañanas de domingo de ayuno obligatorio porque había que comulgar? … ¡Qué tiempos…!

Montábamos en bici sin casco; las medicinas estaban en el mismo armario que las latas de conserva y el chocolate, muy a nuestro alcance; los columpios eran maderos sin sujeción o tablas inestables, cuando no metálicos con esquinas afiladas. Jugábamos a ver quién era más bestia, aunque en ocasiones nos poníamos tiernos y explorábamos cuerpos ajenos jugando a médicos. A veces nos rompíamos algún hueso o algún diente, pero no había leyes que castigaran a los culpables. Cuando nos abríamos la cabeza o nos hacíamos algún corte, lo curábamos con mercromina. Nos peleábamos con frecuencia porque solíamos arreglar los conflictos a hostias. Salíamos de casa por la mañana y sólo regresábamos a las horas de comer; nadie se preocupaba de dónde estábamos y nadie podía localizarnos porque no había móviles. Llevábamos la navaja siempre encima pero nunca destripamos a nadie. La “doctrina” impartida en la iglesia o en la sacristía se abría paso en nuestras cabezas a golpe de caña y rezamos rosarios de cinco, diez y quince misterios. Ligábamos con las chicas persiguiéndolas para tocarles el culo. No quedábamos nunca; salíamos a la calle y allí nos encontrábamos para jugar a pelota, a las chapas, a las tabas, a churro y a marro, a la comba o a comidetas. Bebíamos agua directamente del grifo, del barranco o de la acequia ¡ni soñábamos que algún día se vendería embotellada! La leche era en polvo, el queso americano y las verduras del huerto de casa. Comíamos dulces, pero no éramos obesos, si acaso alguno era gordo y punto. Como no todos teníamos las mismas habilidades, algunos se quedaban sin jugar; aún no se habían inventado los psicólogos. Los Reyes Magos nos traían pocas cosas, pero nos conformábamos. Trepábamos a los árboles para comer cerezas naturales, coger nidos y arañar los brazos y las piernas. Cazábamos lagartijas y pájaros con escopetas y cepos. Coleccionábamos los cromos que salían en todas las tabletas de chocolate, en las gaseosas La Casera y los de Vida y Color y los pegábamos en los álbumes con masilla hecha con agua y harina, ¡pedazo de pegamento! Soltábamos ranas en el baile de los mayores, cabreados porque no nos dejaban entrar. Tomábamos el sol todo el día y desconocíamos que existían las cremas de protección solar. No había aventura superior que correr por encima de los charcos y mojarnos en la acequia, en el barranco o en el río…
En fin, tuvimos libertad, fracaso, éxito y responsabilidad o eso nos parece ahora.
No nos negarás que a la vista de lo anterior no es un milagro que estés, que estemos así de bien y que ninguna tara apreciable nos haya desviado de nuestra vocación o quizás continuamos en ella porque son muchas las taras que arrastramos, ¡vete tú a saber!
En resumen, creemos, Sebastián, que ya has aportado suficiente a la sociedad. No solo por tu trabajo directo en las aulas, sino porque con tu talento y pluma has dejado –a modo de testamento- un gran número de reflexiones, experiencias y textos escritos y publicados en libros y revistas que todos conocemos. Y es evidente que, a partir de ahora, vas a tener mucho más tiempo para viajar, para reflexionar, para leer y para escribir y hacemos votos para que disfrutes de ese tiempo nuevo, te resitúes convenientemente y sigas disfrutando de la vida.
Sí te vamos a pedir que si se te ocurre venir a visitarnos a nuestros lugares de trabajo, lo hagas con buena actitud, que evites en lo posible la ironía y las risitas y que ni se te ocurra tocarnos los cojones con rimas del estilo: “Aquí llega el jubileta y ahí va esta pedorreta”. “¡Ánimo Mariano que ya falta poco para el verano”; “El trabajo dignifica a base de bien; seguid en la brecha, Pepe y Miguel”. “Ricardo y Fernando, ¿cuánto os falta para jubilaros?” “Geles, Mercè y Teresa, ¡no os queda nada, princesas!”…

Dicho lo anterior, es momento de nombrarte “Caballero de la Boina” y para ello colocamos solemnemente sobre tu excelsa cabeza este ejemplar de una prenda que debes llevar con orgullo y distinción. Eres el primero que la recibe en esta recién creada “Cofradía de la boina del Bajo Cinca, Cinca Medio y Terras de Ponent” y eso te obliga a promover su difusión y a ejercer testimonial defensa de ella ante los agravios de quienes la desprecian o, peor aún, se avergüenzan de lucirla por considerarla prenda obsoleta, rústica, plebeya e impropia en estos tiempos de modernidad. Para ello deberás evitar, y en su caso reprobar a quien las pronunciare, el uso de frases ya conocidas como “¡Estoy hasta el pirulo de la boina” o “Esto es pa tirar la boina en el fuego” o contar chistes del estilo:
- Papá cómprame una boina. -No te compro una boina. -Papá cómprame una boina. -No te compro una boina. -¡Papá, cómprame una boina! -¡Cállate, que te pego una ostia, que te rompo la cabeza! -¡Claro!, para no comprarme la boina…
Con esta investidura de una prenda tan española que debe servir para preservar todo lo que esa cabeza piensa e imagina, damos por finalizado este acto simbólico en el que te vas a convertir en un jubiloso jubilado, como lo fueron en su día el gran Pío Baroja o el ilustre Josep Pla. Felicidades y larga vida.
Albalate de Cinca, 23 de junio de 2011










