El libro y el pan, con la mano se dan
Recuerdo todavía ver funcionar el horno de mi casa. Mi abuela y mi madre hacían de avezadas panaderas. Tomaban harina y agua, sal y levadura y amasaban con dedicación y cuidado la mezcla hasta el punto adecuado. Si en lugar de pan, querían hacer postres: tortas, magdalenas, pastillos, etc. podían añadir otros ingredientes. Las manos eran las partes del cuerpo que moldeaban aquellos ingredientes, las que entregaban la masa fermentada al horno, las que sacaban el pan o los postres cocidos del mismo y las que nos lo ofrecían en la mesa.
Probablemente algo de lo anterior debería de haber en el ritual de animar a leer. Tomamos el libro en nuestras manos, acariciamos la portada, pasamos sus páginas hasta encontrar la que queremos, elevamos la voz para leer lo que habíamos preparado y, una vez finalizada la lectura, cerramos de nuevo el libro y lo ofrecemos con la mano a un posible lector, a una emocionada lectora. Creo que niños y niñas deberían ver llegar a su maestra o a su maestro cada día con libros en las manos. Esa estampa visual del maestro o de la maestra trajinando con libros (y no precisamente los de texto) suele dotarlos de una elevada autoridad moral y de un reconocimiento especial.
Es cierto que resulta bastante complicado, en estos tiempos, fomentar el gusto por la lectura entre chicos y chicas. La curva descorazonadora de la afición se torna claramente descendente a medida que aumenta la edad de los mismos. Yo siempre he confiado en el “poso fértil”. Maestros y maestras debemos trabajar pensando en alimentar ese depósito individual y particular de cada alumno, de cada alumna con buenas sensaciones, con materiales significativos, con ejemplificaciones naturales y originales… Si conseguimos que los chicos integren su experiencia escolar como una suma de momentos memorables (es decir, relacionados con la memoria y, por tanto, con la posibilidad del recuerdo), es posible que en el futuro, de ese almacén significativo, de ese humus sedimentado, broten comportamientos, se retomen actuaciones, se generen actitudes que pudieron quedar dormidas un tiempo. Es posible que esa conversión excesivamente temprana de muchos niños y niñas en “ex lectores”, se dé la vuelta en algunos casos por efecto del “poso fértil”.
No he encontrado en todo este tiempo que llevo en la escuela, mejor forma de fomentar la lectura que leerles yo todos los días en voz alta. Me refiero a empezar la clase matinal pidiéndoles a los chicos unos minutos de atención a la voz del maestro que lee un capítulo de un libro nuevo, un poema, una noticia de prensa, un cuento, una reseña de un libro…y que muestra el libro porque ya ha entrado en la clase con él en la mano y a continuación lo deja en la mesa o lo ofrece a quien quiera llevárselo para terminar de leerlo, para explorarlo un poco más.
Ni una palabra (o las menos posibles) hablando de las virtudes maravillosas de la lectura. Sermonear en ese sentido no suele producir ningún efecto y, en ocasiones, es probable que produzca el efecto contrario. Esa actitud de involucrarte de lleno en la actividad que propones, de practicarla en lugar de hablar ampulosamente de ella, de dar ejemplo con su práctica siempre suele ofrecer mejor resultados. Cuando bajamos a la biblioteca escolar y nos planteamos la exploración de alguna de sus secciones: la de cómics, la de poesía, la de ciencias naturales, la de historia y geografía…, además de las ya consabidas de literatura Infantil, también es conveniente desarrollar, de entrada, un ritual semejante. Es muy importante que el libro sea, al menos por un momento, prolongación amable de la mano; mano que abre, que pasa las hojas, que toca, que palpa, para que se lea y se comente y, finalmente, se ofrezca. A continuación, cada cual, moviéndose ya con fluidez por los anaqueles de la primera biblioteca de su vida (descontando en algunos casos la pequeña estantería de su habitación en la casa familiar) tomarán un libro de su elección y colocándose en la posición más cómoda, iniciarán la lectura silenciosa de los libros ofrecidos, de los libros elegidos o bien los tomarán en préstamo, al finalizar la sesión para llevarlos y leerlos en su casa.
La lista que podríamos elaborar de actividades, defendidas por unos y por otros, de animación o fomento de la lectura sería interminable (y habría que hacer una criba importante de muchas de ellas), pero hoy sólo quiero hablar de ésta: la mano que acaricia, que transmite apoyo y da seguridad, la mano que se estrecha en señal de amistad, de saludo o de agradecimiento, la mano que se agita para indicar situación o decir adiós, la mano que acompaña los primeros movimientos, la mano en el hombro… esa mano que da tantas cosas, deposita en la otra mano un libro y una esperanza.





