Colecciono marcapáginas y regalo uno semanal a mis alumnos y alumnas, a la vez que les invito a que los coleccionen. La mayoría, aprovechan esa generosidad espontánea para comenzar la colección. Sé que cuando se van al instituto algunos la abandonan, pero también sé que algunos y algunas la mantienen. Además de coleccionar todos los que caen en mis manos, y de fabricarme numeroso ejemplares con distintos fines: desde utilizarlos como material de trabajo en el aula, a regalarlos como acrósticos personalizados; los fabrico, aprovechando sellos de correos con imágenes de naturaleza o de trenes, o con las efigies de algunos escritores y poetas…; compro ejemplares de recuerdo y los intercambio con otras personas que también coleccionan. Me gusta convertir algunas columnas de periódico en marcapáginas: tengo varias de Millás, de Vicent, de Rosa Montero, de Almudena Grandes… Y, cuando me acuerdo, me ocupo de copiar y guardar archivados aquellos fragmentos de los libros que leo, en los que aparecen menciones a puntos de lectura o puntos de libro (otras maneras de llamarlos). Aquí he reunido seis citas que certifican esta última afición.
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1. “Coge la pequeña alfombra, la despliega y la pone en el suelo. Una vez hecha la oración de la mañana, sigue sentada, coge el Corán, y lo abre por la hoja marcada con una pluma de pavo, la quita y la guarda en su mano derecha. Con la mano izquierda, desgrana el rosario.
Después de la lectura de algunos versículos, mete la pluma, vuelve a cerrar el Corán, y se queda pensativa durante un instante, absorta en la pluma que sobresale del libro sagrado. La acaricia, primero triste, luego nerviosamente”.
(“La piedra de la paciencia – Atiq Rahimi. Madrid: Siruela, 2009 (pp. 28-29)
2. "Antes de comenzar una cuarta vuelta, de repente, vuelve a hablar: “Esta mañana, mi padre ha venido a verme de nuevo… pero esta vez para acusarme de haberle robado la pluma de pavo que le servía de marcapáginas en su Corán. Me he quedado estupefacta. Estaba furioso. Me ha dado miedo”. Ese miedo puede notarse incluso ahora, en su mirada, que se refugia en los rincones de la habitación. “Pero, ya hace mucho tiempo…” Su cuerpo se mece. Su voz se decide. “Hace mucho tiempo que la robé.”
(En “La piedra de la paciencia (Sangue sabur)” de Atiq Rahimi. Madrid: Siruela, 2009. Página 99)
3. “Pero, al entrar en el gabinete, no pensaba en absoluto en esas maravillas. Mi tío ocupaba exclusivamente mi pensamiento. Estaba literalmente enterrado en su gran sillón tapizado de terciopelo de Utrecht y sostenía entre las manos un libro que examinaba con la más profunda admiración.
.- ¡Qué libro! ¡Qué libro!, exclamaba.
Esta exclamación me recordó que el profesor Lidenbrock era también bibliómano en sus ratos perdidos; pero un libro no tenía precio a sus ojos a no ser que fuera imposible de encontrar o por lo menos ilegible.
.- ¡Y bien!, me dijo. ¿Pero es que no lo ves? He encontrado un tesoro inestimable fisgando esta mañana en la tienda del judío Hevelius.
.- ¡Magnífico!, respondí con un entusiasmo forzado.
En efecto. ¿A cuento de qué tal alboroto por un viejo libro en cuarto cuyo lomo y tapas parecían de vulgar piel de becerro, un libraco amarillento del que colgaba una cinta descolorida?…”
(Págs. 14 de “Viaje al Centro de la Tierra” de Jules Verne – Ed. Anaya, 1982)
4. “En mi opinión, la esperma es, en realidad, la piel de la ballena. Ya saben mis lectores que la esperma tiene la consistencia de carne prieta, pero más dura aún, más elástica, más compacta y oscila entre veinticinco, treinta y treinta y cinco centímetros de espesor. Forma la capa exterior del animal. Verdad es que de su cuerpo puede rasparse con la mano una sustancia delgada y transparente, casi tan flexible y suave como el satén, es decir, antes de haberse secado, porque cuando se seca no sólo se contrae y espesa, sino que se hace bastante dura y quebradiza. Poseo varios pedazos así, que empleo para leer mis libros balleneros. Es transparente, como ya he dicho y al colocarla sobre la página impresa, a veces me he complacido en imaginarme que hacía de cristal de aumento. Sea como fuere, el caso es que resulta agradable leer cosas de ballenas con sus propias gafas, por decirlo así. Pero, en realidad, esa sustancia no es más que la piel de la ballena”. (Pág. 199)
(“Moby Dick” – Herman Melville. Barcelona: Ed. Orbis, 1988)
5. “Inspeccionó la limpieza de las sábanas y mantas. Se hizo la cama. Se acabó el vino mientras miraba hoja por hoja todos los libros que Stuart Pedrell había salvado de su naufragio. Más que seleccionados, parecían muestras de una sed intelectual que a Carvalho le parecía enfermiza. Sólo encontró un papelito, a manera de punto, en una de las páginas de las Poesías completas de Cernuda.
Recuerdo que tocamos el puerto tras larga travesía, / Y dejando el navío y el muelle, por callejas / (entre el polvo mezclados pétalos y escamas), / llegué a la plaza, donde estaban los bazares. / Era grande el calor, la sombra poca.
El poema se titulaba Las islas (…) Carvalho cerró el libro y apagó la luz (…)”
(Manuel Vázquez Montalbán, en “Los mares del sur”. Barcelona: Planeta, 1980. Página 173)
6. “Una vez encontré en el patio una lagartija aplastada por una rueda de coche, que había permanecido al sol varios días y ya estaba fosilizada, fija para siempre en su triste aspecto de reptil despanzurrado. La recogí y la guardé, sin saber para qué, hasta que discurrí cómo darle un uso perfecto. Yo estaba sentada frente a un escritorio haciendo mi tarea de matemáticas y mi abuela acababa de entrar distraídamente al cuarto, cuando fingí un incontrolable ataque de tos y ella se acercó a golpearme la espalda.
Me doblé en dos, con la cara entre las manos y ante el horror de la pobre mujer “escupí” la lagartija que aterrizó en mi falda. Fue tal el susto de mi abuela al ver el bicho, que aparentemente había saltado de mis pulmones, que se cayó sentada, pero después se rió tanto como yo y guardó como recuerdo el animalejo disecado entre las páginas de un libro”.
(Retrato en sepia. Isabel Allende. Debolsillo. Barcelona, 2002. Página 171)





