Las cadieras tenían magia. Nos sentábamos encima y nos escondíamos debajo. Debajo de la cadiera también se acomodaba el perro o los gatos y era un lugar apropiado para guardar momentáneamente algo y no dejarlo a la vista. Yo recuerdo esconderme debajo de la cadiera cuando venía el médico a mi casa, a visitar a mi abuela, a mi tío, a alguno de mis hermanos. Un día, el médico vino con su hijo (con un par de años menos que yo). Yo no sabía que vendría acompañado y me eché largo debajo de la cadiera (tendría 8 ó 9 años, tal vez). El chaval descubrió mi escondite y se lo comentó a su padre: “papá, ahí debajo hay un niño”. Seguro que me puse más que colorado y seguro que pensé: “quién coño le ha mandado a este zagal venir a mi casa…”. Y allí me quedé, tragándome la vergüenza de haber sido descubierto, hasta que el facultativo y su retoño se largaron.
El rincón de la cadiera era el sitio más próximo al fuego del fogaril y a la ventana; pequeña ventana por la que mi abuela se asomaba para ver si “pasaban coches” por la carretera próxima (especialmente si se esperaba a algún familiar que tenía que llegar en el coche correo o en un taxi); pequeña ventana por la que nos asomábamos todos, de vez en cuando, arrodillados en la cadiera para llegar mejor y poder controlar los cepos del pequeño “huerté” que teníamos debajo o ver el esplendor de la “rosera”, llena de capullos a punto de florecer o de rosas hechas y derechas o la “baseta” que se formaba detrás de casa unos cuantos días después de las lluvias, alimentada también por la escorrentía de los orines de vacas y cerdos, principalmente.
Cualquier cosa podía pasar en el rincón de la cadiera de casa Falceto de Labuerda: lugar en el que ocupar la “falda” de la abuela, de la madre o del padre; espacio donde recostarse antes de que el sueño nos invadiera totalmente, mientras escuchábamos alguna historia contada; refugio de pequeños miedos, de juegos al calor del fogaril… Tribuna desde la que contemplar las sugerentes llamas, escuchar el crepitar de la leña o sufrir el chisporroteo de la msima cuando ardía con fuerza; espacio también para el cajón con los pollitos recién nacidos (a veces, patos o pavos). A propósito, recuerdo esta copla que nos recitaba el bueno de Modesto:
“Curtos os de Guaso, largos de pulsera; ha pariu a perra en o rincón d´a cadiera”.
Modesto era un hombre pequeño, natural de Castejón de Sobrarbe, que venía por los pueblos de la comarca a pedir alimentos y compañía. A cambio nos recitaba el romance de Marixuana o nos contaba coplas que había escuchado y que recitaba, a veces, incompletas o retocadas.
Las cadieras de mi casa hace ya muchos años que desaparecieron. No quedan ni fotografías en las que se aprecie su ubicación o su uso. También desapareció el fogaril de su tradicional ubicación en la cocina… En cambio, en Figols de Tremp, en el pueblo de Mercè, en casa Nascala, aún queda un trozo de cadiera, al lado del viejo fogaril y debajo de la ventana pequeña. Mercè recuerda ocupar aquel espacio para jugar a “punyet-caixet”, asomarse por la ventana para ver el resto del pueblo; recuerda que allí se sentaba el pastor y que apoyaba el plato en la repisa de la ventana a la hora de la cena. Y también, sentarse en la falda del pastor, antes de ir a dormir… Recuerda ver cómo su madre o su abuela enterraban en la ceniza con brasas, unas patatas o unos huevos “pasados por agua”, para la comida o la cena…
Con toda esa vida y ese simbolismo, a la hora de poner nombre a este espacio virtual que es una web, opté por recuperar ese término aragonés que puedo evocar sin esfuerzo, y así nació LA CADIERA DE MACOCA, cuyo significado explico a continuación, después de esta larga introducción:
“Cuando yo era pequeño, en la cocina de mi casa de Labuerda, había unas anchas cadieras (bancos adosados a las paredes que rodeaban en parte el fogaril). Parte de mi infancia (sobre todo las largas tardes-noches de los otoños y los inviernos) transcurrió allí, mirando el fuego, escuchando conversaciones, realizando pequeñas faenas colectivas, dormitando, soñando e imaginando… La cadiera y el fuego nos convocaban cada noche.
Salvando las lógicas distancias, quiero convocar a las amigas y a los amigos a este espacio virtual, que toma este nombre de “La cadiera de Macoca”. Yo cuento, pero tú también me puedes contar y crear esa ilusión nueva de que un fuego cercano y creativo nos convoca al encuentro, para que podamos hablar de tantas cosas, compañera del alma, compañero…”




