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Otras cadieras y la de Macoca

Miércoles 2 de junio de 2010, por Mariano Coronas Cabrero

Las cadieras tenían magia. Nos sentábamos encima y nos escondíamos debajo. Debajo de la cadiera también se acomodaba el perro o los gatos y era un lugar apropiado para guardar momentáneamente algo y no dejarlo a la vista. Yo recuerdo esconderme debajo de la cadiera cuando venía el médico a mi casa, a visitar a mi abuela, a mi tío, a alguno de mis hermanos. Un día, el médico vino con su hijo (con un par de años menos que yo). Yo no sabía que vendría acompañado y me eché largo debajo de la cadiera (tendría 8 ó 9 años, tal vez). El chaval descubrió mi escondite y se lo comentó a su padre: “papá, ahí debajo hay un niño”. Seguro que me puse más que colorado y seguro que pensé: “quién coño le ha mandado a este zagal venir a mi casa…”. Y allí me quedé, tragándome la vergüenza de haber sido descubierto, hasta que el facultativo y su retoño se largaron.

El rincón de la cadiera era el sitio más próximo al fuego del fogaril y a la ventana; pequeña ventana por la que mi abuela se asomaba para ver si “pasaban coches” por la carretera próxima (especialmente si se esperaba a algún familiar que tenía que llegar en el coche correo o en un taxi); pequeña ventana por la que nos asomábamos todos, de vez en cuando, arrodillados en la cadiera para llegar mejor y poder controlar los cepos del pequeño “huerté” que teníamos debajo o ver el esplendor de la “rosera”, llena de capullos a punto de florecer o de rosas hechas y derechas o la “baseta” que se formaba detrás de casa unos cuantos días después de las lluvias, alimentada también por la escorrentía de los orines de vacas y cerdos, principalmente.

Cualquier cosa podía pasar en el rincón de la cadiera de casa Falceto de Labuerda: lugar en el que ocupar la “falda” de la abuela, de la madre o del padre; espacio donde recostarse antes de que el sueño nos invadiera totalmente, mientras escuchábamos alguna historia contada; refugio de pequeños miedos, de juegos al calor del fogaril… Tribuna desde la que contemplar las sugerentes llamas, escuchar el crepitar de la leña o sufrir el chisporroteo de la msima cuando ardía con fuerza; espacio también para el cajón con los pollitos recién nacidos (a veces, patos o pavos). A propósito, recuerdo esta copla que nos recitaba el bueno de Modesto:

“Curtos os de Guaso, largos de pulsera; ha pariu a perra en o rincón d´a cadiera”.

Modesto era un hombre pequeño, natural de Castejón de Sobrarbe, que venía por los pueblos de la comarca a pedir alimentos y compañía. A cambio nos recitaba el romance de Marixuana o nos contaba coplas que había escuchado y que recitaba, a veces, incompletas o retocadas.

Las cadieras de mi casa hace ya muchos años que desaparecieron. No quedan ni fotografías en las que se aprecie su ubicación o su uso. También desapareció el fogaril de su tradicional ubicación en la cocina… En cambio, en Figols de Tremp, en el pueblo de Mercè, en casa Nascala, aún queda un trozo de cadiera, al lado del viejo fogaril y debajo de la ventana pequeña. Mercè recuerda ocupar aquel espacio para jugar a “punyet-caixet”, asomarse por la ventana para ver el resto del pueblo; recuerda que allí se sentaba el pastor y que apoyaba el plato en la repisa de la ventana a la hora de la cena. Y también, sentarse en la falda del pastor, antes de ir a dormir… Recuerda ver cómo su madre o su abuela enterraban en la ceniza con brasas, unas patatas o unos huevos “pasados por agua”, para la comida o la cena…

Con toda esa vida y ese simbolismo, a la hora de poner nombre a este espacio virtual que es una web, opté por recuperar ese término aragonés que puedo evocar sin esfuerzo, y así nació LA CADIERA DE MACOCA, cuyo significado explico a continuación, después de esta larga introducción:

“Cuando yo era pequeño, en la cocina de mi casa de Labuerda, había unas anchas cadieras (bancos adosados a las paredes que rodeaban en parte el fogaril). Parte de mi infancia (sobre todo las largas tardes-noches de los otoños y los inviernos) transcurrió allí, mirando el fuego, escuchando conversaciones, realizando pequeñas faenas colectivas, dormitando, soñando e imaginando… La cadiera y el fuego nos convocaban cada noche.

Salvando las lógicas distancias, quiero convocar a las amigas y a los amigos a este espacio virtual, que toma este nombre de “La cadiera de Macoca”. Yo cuento, pero tú también me puedes contar y crear esa ilusión nueva de que un fuego cercano y creativo nos convoca al encuentro, para que podamos hablar de tantas cosas, compañera del alma, compañero…”

Portafolio

Fogaril de casa Nascala de Figols, preparado Una llamarada sugerente Un agradable rincón de lectura El mejor sitio para leer El Gurrión

Comentarios

  • Otras cadieras y la de Macoca
    3 de junio de 2010 00:35 / por Silvialuz

    Hola Mariano! Estuve pensando en eso de la incertidumbre sobre todo lo que pueda ocurrir con los textos y fotos en internet y "casualmente" compré (y leí) un librito de un autor Allense que se titula "Antes que me olvide". Narra historias del Allen de su juventud y niñez de personajes lugares y costumbres de esa época e inmediatamente pensé en tus escritos . Si bien muchos quedan impresos en revistas y folletos creo que deberías armar un libro con ellos. En un señalador que me dieron en la librería dice: “”Escribir y publicar un libro es liberar al artista interior. Dejar un legado memorable y abrir un camino de creatividad y comunicación profunda con nuestros semejantes. Publicar un libro es un modo de alcanzar la inmortalidad.“” Me parece que tendrías que tener en cuenta este paso si no lo has hecho ya.

    No puedo poner comas cada vez que lo intento me sale una foto. Tenés idea de por qué? Un abrazote.

    • Otras cadieras y la de Macoca
      3 de junio de 2010 08:35 / por Mariano Coronas Cabrero

      Hola, Silvialuz: Me haces una reflexión-sugerencia muy interesante y la apoyas, además, en un mensaje bonito impreso en un señalador o marcapáginas. Sí que me ha pasado por la cabeza, claro, pero de momento estoy en fase de ir escribiendo. Conozco algo el mundillo de la edición independiente (no olvides que llevo años editando revistas y también algunos libritos), pero de momento me encuentro cómodo con lo que estoy haciendo. ¡Hombre, si viniera alguien y me dijera: tú tranquilo, no tienes que hacer nada; yo busco, selecciono y al final te enseño lo que voy a poner en el libro… Con esa enorme comodidad, me dejaría, je, je! Una cosa más que queda guardada para la jubilación… Eso de las comas tengo que consultarlo con mi asesor informático. Un abrazo fuerte, querida amiga.

  • Otras cadieras y la de Macoca
    3 de junio de 2010 10:44 / por Susana Aliaga Escario

    En casa Escario de Fañanás también pude disfrutar de una "estupenda cadiera". Era la casa de mi abuelo materno. Actualmente la dueña de esa casa, mi madrina y única hermana de mi madre la está restaurando. Seguro que la va ha terminar magníficamente y aún resultará más acogedora todavía si cabe.

    Nací y vivíamos en Zaragoza pero, de vez en cuando, llegábamos ha hacer una visita o unos días para vacaciones de verano, y ese rincón al lado del hogar es uno de los recuerdos más cordiales que guardo de mi niñez. Las charradas junto al fuego, donde podíamos además asar, un amplio abanico de posibilidades, ¡con lo buena que resulta la comida a la brasa!…..esas tostadas de pan de hogaza…….cuando mi abuelo Santiago nos traía algunos caracoles y los pasaba por las brasas…….

    El cajón de los pollitos recién nacidos al calor de la lumbre…..me llega el recuerdo de ese olor tan característico… ¿como habría de olvidarlo, mientas invoco tan agradables recuerdos?

    Mientras fui una niña, pensé que era ¡¡un escenario mágico!!…. y ahora también. Chispas, fuego, leña, caracoles, pollitos, convivencia, calor……juegos, olores, colores…..que buenísimos recuerdos…

    Desde esta cadiera de Macoca, tan” mágica” también, me he animado a compartir estos sentimientos.

    Susana

    • Otras cadieras y la de Macoca
      3 de junio de 2010 16:36 / por Mariano Coronas Cabrero

      Buenas tardes, Susana. Me alegra mucho que el texto que escribí hace unos días te haya servido para recordar, para evocar "cadieras" personales. Momentos mágicos aderezados, según tu testimonio, con delicias gastronómicas. Me gusta lo que has escrito. Un abrazo.

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